Se trata de levantarse

Prefacio.

Estaba sentada en el banco de esa parada de autobús de la calle Yanguas y Miranda con una bolsa de deporte en los pies, pensando que me había vuelto loca o algo peor.  En aquel momento vi acercarse su Toyota blanco hacia donde yo estaba, me levanté y abrí la puerta del copiloto.

– Llegas puntual.

– Entra, he reservado cena para dos en el restaurante del hotel.

Subí al coche y le di dos besos, luego me abroché el cinturón, el vehículo ya estaba en marcha cuando pensé que tal vez hubiera sido mejor que hubiera metido la bolsa en el maletero. Eran casi las nueve de la noche, pero la proximidad del verano hacía que aún quedara algo de claridad en la ciudad. Dirigió el coche hacia la Avenida Zaragoza obedeciendo las órdenes del GPS que colgaba de un soporte adherido al cristal, no quise interrumpirle aunque yo hubiera ido por el otro lado, hizo la rotonda de la plaza Príncipe de Viana para subir luego por la Avenida San Ignacio…

Me despisté un segundo en mis lucubraciones y pensando que lo que íbamos a hacer no era del todo normal, no me di cuenta cuando el vehículo se detuvo delante del hotel y que uno de los empleados abría el portón del maletero.

– No se preocupen. – Dijo él. – Sólo llevamos un pequeño trolley y una bolsa de deporte, con que lleven el coche al aparcamiento es suficiente.

– Entendido, señor, pueden entrar a registrarse.

– Muchas gracias – vi como le dejaba algo de propina, pero sin llegar a ver de qué color era el billete.

– Déjame que te ayude, eres mi invitada – tomó mi bolsa y su trolley como si él fuera el mozo del hotel.

Todo lo que había oído de aquel hotel eran elogios, desde luego no tenía pinta de ser nada barato. Si quería impresionarme lo había conseguido con creces, sobre todo teniendo en cuenta que era un currito, un humilde oficinista de una empresa grande. La recepción era desde luego digna de una fotografía pero no quería quedar como una pueblerina en mi propia ciudad sacando el móvil para hacerme un “selfie”.

– Buenas tardes, tenía una habitación reservada para esta noche.

– Vaya, veo que viene con su bonita esposa, creímos que había pedido habitación con camas separadas.

– Es correcto, yo ronco mucho y no la dejo dormir sino a la pobre.

– Muy bien entonces, aquí tiene la llave de la suite 201.

– Muchas gracias.

– ¿Podría decirme donde está el cuarto de baño? – Pregunte al hombre de recepción.

– Mire, es la puerta donde entra la señora del vestido azul.

– Gracias.

– Bueno Conchi. – Intervino Jaume. – Me subo el equipaje a la habitación y te espero en el comedor, hay una reserva a mi nombre.

– Hasta ahora.

Entré en el servicio de señoras y me senté en uno de los inodoros, a pesar de que tenía la sensación de tener la vejiga hinchada apenas oriné, seguía dando vueltas en mi cabeza todo lo que me había dicho Jaume hacía veinticuatro horas, por un lado el cometido tenía su lógica pero por el otro parecía un enorme disparate sin sentido. Me limpié esperando que el papel saliera manchado sangre y poder dejar aquel encuentro lo antes posible, pero aún faltaban quince días para que me viniera el período, qué estúpida, con decirle que no quiero hacerlo bastaría. Me subí las bragas y mi pantalón blanco y salí del pequeño espacio que encerraba el inodoro en el que había estado, me miraba en el espejo mientras me lavaba las manos, algunas lágrimas recorrían mis mejillas, no es que fuera de llorera fácil pero el estrés de la situación ponía mi cuerpo en contra de mí. Por un momento me sentí tan atrapada como en aquel coche el día del terrible accidente que cambió mi vida. Me limpié la cara, puñeta, el rímel a tomar por el saco, no sé para qué narices me he maquillado. No tenía tiempo para retocarme, salí disparada del cuarto de baño hacia el comedor y allí pregunté al camarero.

– ¿Una mesa reservada para Jaume Bellmunt?

– Sí, señora, su esposo ya le espera, la acompaño – me resultaba más cómodo simular aquel falso matrimonio que no ir corrigiendo cada vez a los que suponían que estábamos casados, de hecho él ya había dejado que el recepcionista creyera que éramos marido y mujer.

Aquel amable camarero me acompañó hasta la mesa donde un sonriente Jaume me estaba esperando.

– Hola preciosa, siéntate – obedecí sentándome frente a él.

– ¿Te has vuelto loco? No puedes permitirte todo esto, te ha tenido que salir por un pico.

– Considéralo una inversión, la historia es buena, si cae en la editorial adecuada seremos millonarios.

– No vendas el traje antes de tejerlo, no hace ni una semana que te envié el último email.

– El material es bueno, en un par de meses podremos tener una galerada publicable.

No pudimos hablar nada más pues vinieron enseguida a tomarnos nota, él pedía cosas del menú cuyo precio era una mera ofensa a la sensibilidad de las personas que se ganaban el pan honradamente, yo sólo pensaba que ese dinero lo iba a necesitar para pasar el resto del mes en vez de gastárselo conmigo en una sola noche. Yo fui más tímida pidiendo a pesar del entusiasta “no te cortes” de Jaume, uno de los dos había de poner un poco de sentido común y vi que tenía que ser yo. Cuando se fue el camarero me acercó un pen-drive de color azul.

– ¿Y esto?

– He grabado un borrador de lo que he ido transcribiendo de todas nuestras conversaciones y tus correos, guárdalo como oro en paño pues es la madre del cordero, la historia en bruto. Como coautora has de tener el original.

– ¿Coautora? Tú eres el escritor, yo sólo te he contado mi vida. ¿Y por qué hacemos lo de esta noche?

– Hay que escribir un prefacio, y según lo que pase esta noche sabrás si quieres seguir adelante con la edición del libro o no.

– O cargarte tu matrimonio de una vez por toda. ¿Cómo se lo ha tomado tu mujer que vinieras?

– Mejor ni te cuento, ya lo arreglaré mañana cuando vuelva a Barcelona.

– Si yo fuera tu mujer, te encontrarías con la cerradura cambiada y tus cosas en la calle.

– ¿Crees que tiene motivos?

– ¿Te parece poco que te vengas a ver con una mujer y te la lleves a una habitación de uno de los mejores hoteles de Pamplona? Vas a tener suerte si te comes los turrones en tu casa.

– No exageres, en fin, vamos a comer que esto se enfría. – Aprovechó que habían traído los primeros platos para dejar en suspenso la conversación.

Comimos en silencio, me di cuenta de que mis reproches le habían afectado a pesar de su semblante sonriente, había pedido vino para mí y él se pidió una cerveza…por un momento pensé que aquello que nos servían esos camareros tan elegantes se lo podría haber cocinado yo, tal vez ese encuentro no hubiera sido tan tenso en mi casa, al fin y al cabo no paro de decir que confío en el, pero a pesar de ser amigos no puedo dejar de pensar que él es un hombre casado que se está viendo con otra mujer y que esa mujer soy yo. Tras los postres y el café, el dejó su tarjeta de crédito e inmediatamente el camarero sacó el recibo de la maquinita para que lo firmara. Acto seguido nos levantamos y nos dirigimos al ascensor para subir al segundo piso, que era donde estaba nuestra habitación, cuando abrió la puerta me quedé boquiabierta con la lujosa habitación que teníamos ante nosotros.

– Aún estás a tiempo de echarte atrás, sé que esto te incomoda – dijo Jaume sentándose en una de las camas.

– Te dije que lo haría y lo voy a hacer ahora mismo, pero ni se te ocurra moverte de donde estás – le respondí mientras me sentaba en una butaca y me quitaba los zapatos.

Antes de empezar, cerré los ojos, intentando convencerme de que no pasaba nada buscando una relajación en aquel momento imposible. Empecé a desabrocharme la blusa muy despacio, botón a botón, a pesar de ello enseguida la dejé caer quedándome en sujetador…me levanté y me desabroché el pantalón y me lo bajé hasta que conseguí sacármelo, ya estaba en ropa interior ante los azules ojos de Jaume, incapaz de saber el significado de su mirada. En el momento de desabrocharme sujetador, mi mano izquierda me traicionaba, pues se quedó más paralizada de lo que ya acostumbraba a estar…me quedé inmóvil con los dedos intentando luchar con esos gafetes…Jaume se levantó.

– Déjame que te ayude, estás muy nerviosa – me desabrochó el sujetador y me lo quitó con cuidado de no tocarme – no hace falta que te quites nada más, creo que así ya podemos hacer la prueba.

– No, tengo que estar completamente desnuda antes de que empieces – me bajé las bragas, él estaba a escasos centímetros de mí, me sentí terriblemente indefensa y él se dio cuenta.

– Me vuelvo a sentar en la cama y te hago las preguntas, ¿vale?

– Sí, empieza de una vez.

– ¿Te sientes muy incómoda así desnuda enfrente de mí?

– Mucho.

– ¿Es por eso que te tapas tus partes íntimas?

– Me pone muy nerviosa que me mires la vagina, me hace sentir muy vulnerable.

– No tienes porqué, eres una mujer muy hermosa, tu vagina forma parte de ti. ¿Entiendes por qué estamos haciendo esto?

– Sí, es una metáfora, con este libro me quedo tan desnuda como ahora mismo frente a ti, mis detalles más íntimos quedarán al descubierto para todos aquellos que lean mi historia.

– ¿Puedes resistir de pie complemente desnuda sin derrumbarte?

– Lo estoy haciendo, ¿no?

– Por supuesto, ¿estás dispuesta que todos los secretos que me has contados pasen a conocimiento de los lectores?

– Creo que sí.

– ¿Puedo tocar las cicatrices?

– Si no te pasas de listo sí.

– Seré buen chico, sólo las cicatrices – se acercó a mí y tomó mi mano accidentada, se la puso en la mejilla y luego la besó…luego recorrió con el dedo todas las cicatrices.

– La vida va dejando sus cicatrices por dentro y por fuera, estas que tú tienes te hacen bella, ¿sabes por qué?

– No – lo sabía pero quería oírlo de sus labios.

– A pesar de todo lo que te ha pasado eres una de las mujeres más fuertes que conozco, tu accidente hubiera hundido en la miseria al más valiente pero sin embargo tú plantaste cara y luchaste para ocupar tu lugar en el mundo, te mereces lo mejor.

– No, no soy tan especial.

– Sí lo eres aunque lo niegues, supongo que has tenido tus dudas antes de aceptar venir aquí.

– Me temía que todo esto fuera un montaje para echarme un polvo.

– Jajaja, quién sabe. ¿Hubiera funcionado?

– Te vas a quedar con las ganas de saberlo – sonreí – ahora desnúdate tú.

– Eso no formaba parte del trato.

– Mi historia, mis reglas, desnúdate que vamos a hacernos un “selfie” en esta suite tan lujosa en pelota picada.

– Jajaja, cómo eres.

Y lo hizo, se desnudó deprisa y pude ver que la situación no le dejaba tan indiferente a pesar de que intentase disimularlo. Haciendo caso omiso de su erección, lo agarré por la cintura y nos hicimos esa foto como Dios nos trajo al mundo.

– Creo que me voy a quedar desnuda, ¿y tú?

– Por supuesto, podemos ver qué película en ese pedazo de tele.

– Buena idea, pero cada uno en su cama.

– Por supuesto – respondió él – vamos a hacer un poco de zapping…mira, “Tomates verdes fritos”, creo que es muy apropiada.

– ¿Por qué?

– Me recuerda a la chica que encanta a las abejas.

– No me la expliques….

Vimos la película entera, no acabé de entender porqué me comparaba con aquella chica rubia a la que su amiga llamaba “encantadora de abejas”, supongo que la emoción del momento. Luego Jaume apagó la televisión y nos quedamos dormidos hasta la mañana siguiente, y después de una ducha rápida y de recoger el coche me dejó frente a mi casa…no entré al portal hasta que vi desaparecer calle abajo aquel coche blanco, sabía que la próxima vez que lo viera sería con nuestro libro bajo el brazo para bien o para mal.

 

 

 

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