Soneto Valaco – Capítulo 1 –

Capítulo 1.   Un salto de fe.

¿Se podía estar más emocionado? Óscar estaba volando por primera vez en avión al único sitio que para él tenía algún sentido, dos semanas para pisar los mismos lugares que Vlad Tepes (o Drácula). Tal vez era una obsesión, pero cuando su padre le dijo “coche o viaje”, no lo dudó ni un instante, llevaba años soportando las risitas en el Instituto y en la Facultad de Historia como para dejar escapar la oportunidad de cerrar el círculo.  El avión de la compañía rumana no parecía tan terriblemente obsoleto como había especulado, y las azafatas no eran las “matriuskas”  soviéticas que esperaba encontrar en una aerolínea socialista; todo lo contrario, eran unas señoritas muy agradables a la vista y amables hasta un extremo agobiante.

Tres horas de avión para retroceder cuarenta años en el tiempo, o al menos eso era lo que esperaba, miró a su alrededor y se dio cuenta de que era el único que en vez de escuchar música o ver la película estaba escribiendo en una libreta todo lo que le pasaba por la cabeza. Siempre había sido raro, pues se suponía que  un joven de veintitrés años debía divertirse trasnochando y practicando actividades que la gente relacionaba con esa edad; Óscar, en cambio, disfrutaba escribiendo en su cuaderno e ilustrando sus textos con dibujos relacionados con ellos.  Observaba las caras aburridas de la gente, sabía que la mitad de los pasajeros no bajaría en Bucarest sino que tras una corta escala continuaría su viaje hacia un país del sudeste asiático del que no recordaba el nombre.

Finalmente, la lucecita que indicaba que tenían que abrocharse el cinturón se encendió, señal de que estaban llegando. La aeronave empezó a bajar, reduciendo la velocidad, Óscar simplemente especulaba pues no estaba al lado de la ventanilla y el del asiento de al lado había bajado la cortinilla. Llegó el impacto de los neumáticos sobre el hormigón de la pista y el ruido de los motores invirtiendo la marcha para frenar aquel artefacto, hasta que se detuvo, algunos pasajeros aplaudieron. Hubo que esperar un buen rato a que el personal de cabina se decidiese a abrir las puertas, y luego el lento trasiego por el pasillo del avión hasta alcanzar la escalerilla no sin antes oír un adiós en un acento extraño acompañado de una sonrisa de una azafata cuidadosamente maquillada. Las instalaciones del aeropuerto de Otopeni eran claramente más pobres que las de Barcelona, pero aceptables a todas luces, no tuvo que esperar demasiado a que un autobús les llevara hasta la terminal…

Una vez visado el pasaporte, cruzado el arco de seguridad y recogido el equipaje, había que salir al vestíbulo por un pasillo, previamente ya había cambiado la hora de su reloj y cambiado unos cuantos dólares por un montón de “lei” para ir gastando. Una vez en el vestíbulo ya sabía que tenía que buscar a una persona que llevara un letrero que pusiera “Ruta Conde Drácula”, bingo, había dos chicas alzando ese rótulo por encima de sus cabezas. Casi de inmediato, un grupo bastante numeroso de personas con maletas las rodeó; la más bajita y joven de las dos empezó a hablar:

– Buenas tardes, mi nombre es Daniela y ella es Cristina, seremos sus guías de habla española durante las dos semanas que dure su circuito. Yo iré llamando por su nombre a las personas que van en mi autocar y Cristina irá llamando a los suyos, cuando digamos su nombre rogamos nos estreguen su pasaporte para ser depositado en lugar seguro.

– ¿Qué quiere decir con “lugar seguro”? – preguntó uno de los turistas.

– Un pasaporte extranjero en nuestro país vale una fortuna, hay personas que los roban para traficar con ellos.

Las dos jóvenes fueron pasando lista hasta que le tocó el turno a Óscar, Daniela tuvo un pequeño problema al leer su apellido.

– La hache final no se pronuncia – contestó Óscar a la vez que hizo el gesto de entregarle el pasaporte.

– ¡Oh! Lo siento mucho – se ruborizó.

– No se preocupe, no podía saberlo – Óscar se estremeció al sentir el contacto de la mano de la joven y al fijarse en unos ojos tan negros como la noche.

– Que disfrute de su viaje – respondió la chica con voz trémula.

Cada grupo siguió a su guía correspondiente fuera del vestíbulo de la terminal hasta unos autocares que estaban esperando justo en la salida. Un robusto chofer de tez morena abrió el portamaletas de su “Scania” para que la gente fuera depositando su equipaje en el autocar. Luego subió todo el mundo al vehículo y se fue sentando allí donde le parecía, Óscar se sentó al lado de una ventanilla por la parte izquierda del autocar. A pesar de que había sitio de sobra, una niña de unos doce años se sentó a su lado.

– Gemma, antes de sentarte allí tienes que preguntarle al señor – dijo la señora que se sentaba detrás de mí.

– No se preocupe, señora, viajo solo. La niña puede sentarse aquí sin ningún problema.

– Gracias, cielo, así estamos todos juntos. ¿De dónde eres?

– De L’Hospitalet.

– Nosotros de Badalona, es la primera vez que salimos al extranjero.

– Yo también.

– Siempre tiene que haber una primera vez para todo.

– Sí – seguramente, la respuesta y la expresión de cansancio de Óscar sonaron como a fin de la conversación, pues la mujer dejó de hablar.

Pero no, no era eso, Daniela había subido al autocar y le había hecho cerrar la puerta al chófer. Empezó a hablar mientras el vehículo se ponía en marcha, la potencia de su voz contrastaba con su tamaño, pues era una chica de como mucho metro cincuenta con un pelo tan negro como sus ojos recogido en una trenza que le llegaba casi a media espalda.

– Apreciados pasajeros, espero que se hayan acomodado bien en sus asientos, ahora realizaremos un corto viaje de dieciocho kilómetros hasta el Hotel Ambasador.

Mientras la chica seguía hablando, Óscar sacó su cuaderno y empezó a dibujar; usaba sobretodo la memoria, recordando esos negros ojos en los que casi no se distinguía la pupila del iris. Se la imaginó, con un amplio sombrero de paja de campesina y una espiga en la boca, con la blusa abierta y un pecho saliendo de ella, haciendo que su larga trenza tapase la aureola. Casi terminando, la niña que tenía a su lado le interrumpió.

– ¿La estás dibujando a ella?

– Sí – respondió Óscar – es como yo la veo.

– ¿Me lo dejas ver?

– Por supuesto – Óscar le dejó la libreta para que viera el dibujo que acababa de hacer.

– La pintas más guapa de lo que es en realidad.

– Ya te he dicho que la dibujo como yo la veo.

– ¿Te gusta?

– No la conozco, no puedo decir si me gusta o no.

– Pero la estás dibujando.

– Es mi afición, me sirve para ilustrar los poemas que escribo.

– ¿Le vas a hacer un poema a una chica que no conoces?

– No me hace falta conocerla, escribo para mí, de lo que siento y de lo que anhelo.

– Pues te conformas con poca cosa.

– Caray con la señorita – replicó a esa mocosa descarada, parecía que estuviera celosa – trato de dibujar a personas de verdad, lo importante es lo de dentro. Cuando seas un poquito mayor lo entenderás.

– Y yo, ¿no te parezco bonita?

– ¿Qué edad tienes?

– La semana que viene cumplo catorce.

– Creo que deberías decirle esas cosas a los chicos de tu edad.

– ¿Me dibujarías a mí? Quiero decir sin una teta fuera, el sombrero tampoco lo quiero.

– Siempre que te quedes el dibujo y si tus padres quieren.

– A mis padres no les importa – miró a la madre de la niña, guiñó un ojo en signo de aprobación.

– Muy bien, no te muevas mucho, te lo hago en un periquete.

Óscar empezó a trazar líneas con mucha celeridad, pelo, ojos, boca…una ropa parecida a la que llevaba la niña, en el momento de detenerse el autocar ya había terminado y se lo enseñó.

– Mira mamá, soy yo, lo ha hecho con cuatro trazos.

– Tienes mucho talento – dijo aquella mujer y su marido asintió con la cabeza – deberías dedicarte a esto.

– Hay un millón como yo – respondió Óscar con modestia – pero me gusta dibujar lo que veo.

– Me lo tienes que firmar – espetó la niña.

– Por supuesto – le hizo un garabato en la base del dibujo, arrancó la hoja y se la dio.

– Espérame a que crezca – la niña le besó en la mejilla sorprendiéndole – no te vayas a casar con otra.

– No se me ocurriría – contestó Óscar, siguiéndole la corriente.

La primera noche en Bucarest, diario de Óscar.

El Hotel Ambasador es la primera escala en las dos semanas que pasaré en Rumanía, es un hotel de tres estrellas en una zona privilegiada de la capital del país. He tenido que hacer bastante cola para subir al ascensor, de una calidad que podríamos calificar de “proletaria”, una vez en la habitación deja la maleta y cámbiate para la cena. He cogido mi inseparable cuaderno, seguro que saco ideas para rellenarlo. Hace mucho calor esta noche, más que en Barcelona; qué le vamos a hacer, supongo que tiene que ser verano en todas partes ¿no?

De nuevo en el vestíbulo, veo al grupo de españoles esperando a entrar en el comedor.  La señora del matrimonio de Badalona, de la que más tarde me enteré que se llama Irene, me hizo una seña para que hiciera cola a su lado.

– Así te sentarás con nosotros y no con extraños – me sorprendió esa forma de hablar, al fin y al cabo sólo habíamos compartido los minutos de viaje en el autocar desde el aeropuerto al hotel.

– Muchas gracias, la verdad es que no contaba que venir solo fuese tan agobiante – había que mentir un poco, era una manera de no parecer maleducado.

Tan pronto nos dejaron entrar, Daniela y la otra guía nos fueron indicando las mesas en las que podíamos sentarnos.

– ¿Van juntos? – preguntó Cristina, la compañera de Daniela.

– Sí – se apresuró a responder la niña – somos cuatro.

Cierto era que aquella familia era muy agradable: el marido, Juan, era un conductor de autobús al que parecía que le hubieran dado lengua para comer;  la mujer, maternal y atractiva a la vez, era enfermera del Hospital Clínic de Barcelona; y claro, Gemma, una niña más espabilada de lo que denotaba su físico, ¿era cosa mía o se me comía con la mirada? En fin, creo que de algún modo me habían adoptado por unos días, debía parecer desvalido. La cena, bueno, estaba caliente, empezamos con un cuenco de sopa transparente con los tropezones sumergidos totalmente en el fondo y unos trocitos de eneldo flotando en la superficie; de segundo, un trozo de carne que bien hubiera podido servir para falcar la mesa. Pero lo importante no era la cena, era el ambiente que yo mismo me había imaginado; me sentía como en una película de espías, me daba la sensación de que el personal del comedor me miraba con recelo, por un momento esbocé una sonrisa fantaseando con la idea de que una de las camareras escondía una pistola con silenciador bajo su minúscula falda. Para acabar de hacer ambiente, había una banda tocando música típica del país, todo un compendio de melodías del Este de Europa; un escenario para una película de Hitchcock.

– Cuando te ríes pareces tonto – mi “hermana adoptiva” rompió el ambiente que me había creado.

– ¿Sabes que es malo decir todo lo que piensas? Los adultos responsables se guardan para sí según qué comentarios – respondí pretendiendo aleccionar a aquella fierecilla.

– ¿Ser un adulto responsable equivale a ser hipócrita? – Aquella chiquilla me daba cien vueltas, tenía respuestas para las respuestas.

– Cuando se trata de no herir los sentimientos de alguien, sí – tenía que demostrar que era yo el adulto – no me conoces de nada y ya me estás llamando tonto.

– Sólo he dicho que lo pareces, no que lo seas.

– No le hagas caso, Óscar, en casa es igual – intervino el padre – son las hormonas.

Llegaron los postres, y con ellos más música, el clarinetista empezó a pasearse por las mesas sin dejar de tocar su instrumento. La gente le iba dando lo que le parecía, finalmente llegó a nuestra mesa, quise ver hasta donde llegaba su insistencia.

– No le deis nada todavía, a ver cómo reacciona – le dije al resto de los que estaban en la mesa para comprobar mi teoría.

Mi truco surtió efecto, aquel hombre empezó a interpretar un “solo” de clarinete realmente excepcional. Las manos expertas del músico jugaban con el aire de sus pulmones produciendo una melodía zíngara envolvente y machacona. Empecé dejando un billete que parecía de poco valor, el clarinetista levantó su instrumento, tomó aire y aceleró las notas hasta el punto de que parecía que los dedos volaran sobre aquel pedazo de madera y metal; otro billete un poco mayor, el músico estaba a punto de desfallecer; finalmente, un billete de diez dólares, moneda más suculenta, efecto esperado, el hombre coge el dinero y hace una reverencia y se va.

– ¿Por qué lo has hecho? – preguntó Irene.

– Quería sacar al artista, él estaba disfrutando más de nosotros – respondí con aire de satisfacción.

– ¿Eso es lo que os enseñan en la Universidad? – preguntó Gemma en tono despectivo.

– No, en la Universidad nos aborregan más, es trabajo nuestro aprovechar el material del que podemos disponer en la facultad y sacarle el máximo partido.

– No lo entiendo – respondió la niña.

– Yo tampoco – apostilló el padre.

– Lo que quiero decir es que para valorar el camino hay que salirse de él de vez en cuando y verlo desde fuera, entonces nos damos cuenta de que hay más de una manera de hacer las cosas – intenté explicar lo que quería decir de un modo más sencillo.

– Sigo sin pillarlo – continuó el padre.

– Déjalo papá, nos está tomando el pelo – intervino Gemma.

– Tienes razón – no quise alargar la conversación – lo siento.

Terminados los postres, nos levantamos, el matrimonio desapareció no sin antes darme las buenas noches. Yo decidí ir al bar del hotel, que estaba muy concurrido, podría sacar ideas y quizá dibujar algo más. Me di cuenta de que había que pedir en la barra, así que me acerqué y pedí una de las cosas que había mecanografiadas en un papel pegado en la caja registradora esperando que fuera cerveza. Acerté, “bere” quería decir cerveza, pagué y dejé parte de la vuelta como propina. Tuve la suerte de encontrar una mesa pequeña, para uno y medio, justo para apoyar la botella y el cuaderno, aparté el cenicero y empecé a escribir un poema en el espacio libre que había dejado junto al dibujo de Daniela.

– ¿Eres un artista? – al oír aquella voz femenina con acento extraño, levanté la cabeza, sabía que era Daniela.

– Yo no diría tanto, para mí es un hobby – me ruboricé al darme cuenta que miraba el dibujo que había hecho de ella.

– Se parece a mí – dijo.

– Sí, eres tú, espero que no te moleste – respondí tímidamente.

– Me has sacado muy favorecida, yo no soy tan guapa – me lo había dejado a huevo para ser galante.

– Ojalá pudiera dibujarte tal como eres, saldrías todavía más bonita.

– Ojalá tuviera así las tetas.

– ¡Oh! – me volví a ruborizar – lo siento, no quería molestarte.

– ¿Te pasas el día pidiendo perdón? – cogió el cuaderno – envidio lo que eres capaz de hacer, si yo pudiera dibujar de esta manera y… ¿escribir? Es un poema.

– Justo empezaba a escribirlo, aún no dice gran cosa – me justifiqué.

– Es algo increíble, ¿te ganas la vida con esto?

– No, acabo de terminar mis estudios y en noviembre tengo que empezar el servicio militar.

– El Ejército no está pensado para los artistas.

– No me queda más remedio, de momento es obligatorio.

– ¿Y qué te trae a Rumanía? – preguntó Daniela.

– Vlad Tepes.

– Eres el primer español que oigo que le llama por ese nombre.

– Desde que era niño he buscado con avidez toda la información sobre este hombre, cuando descubrí que había sido una persona real y no un vampiro de cine.

– ¿Te gusta la Historia?

– Me acabo de licenciar en Historia, me gusta investigar y poder ver más allá de lo que dicen los que pretenden darnos su versión particular. En mi país nadie conoce la verdadera historia de Drácula, por ello mi trabajo se ha centrado en hacerlo público.

– Sólo te faltaba pisar la tierra que le vio nacer, ¿verdad?

– Efectivamente, era imprescindible visitar los lugares en los que vivió e influyó – respondí.

– Entonces, estás de suerte, yo nací en la misma ciudad que él, a unos cien metros de su casa.

– ¿En Sighisoara?

– Sí, soy transilvana como él.

– Pero fue el voivoda de Valaquia, Transilvania sólo era un refugio para la familia – respondí, intentándome hacer el importante.

– Hasta ahora ibas muy bien, si fueras valaco me hubiera ofendido.

– Lo siento, no pretendía ofenderte – le cogí las manos – por favor perdóname.

– Está bien – apartó las manos – pero no me toques, hay espías de la Securitate, si creen que intimo contigo tendremos problemas.

– No quiero meterte en ningún lío. Sólo quiero que seamos amigos.

– Yo también, pero no en público. Por favor, haz todo lo que yo te diga, es por tu bien.

– Creo que puedo cuidar de mí mismo – respondí.

– No, no puedes, tú no les conoces, pueden convertir tu viaje en una pesadilla.

– Bueno, entonces haré lo que me digas, pero si me dices que te importo un poquito.

– No te conozco tanto, no sé si me importas – respondió Daniela ruborizándose.

– De momento me vale – contesté, sonriendo al ver que había química entre nosotros. La chica me gustaba, sólo faltaba encontrar la ocasión de conocerla mejor.

– Debes irte a tu habitación, no te dejes ver demasiado.

– Supongo que no me vas a dar un beso.

– Supones bien…

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6 thoughts on “Soneto Valaco – Capítulo 1 –

  1. Interessant article.

    Aquest home parlant amb les noies, l’artista que es fa admirar (no sense crítiques), i el curt vol que ha de fer a casa d’elles. Un relat tranquil amb un adequat dramatisme.

    Només una cosa: n’he perdut en part el context, no sé on passa la història ni a on van els protagonistes. En això, potser ho hauries hagut d’explicar amb més detall. Bé, és la meva opinió com a lector.

    Et seguiré llegint.

    A reveure!!

    1. Va ser un experiment de recerca una coautora per fer una novel·la romàntica. La història començava a la Romania de finals dels anys 80 i el meu objectiu era arribar a la era actual per donar una idea de com el temps d’absència pot no acabar amb una història truncada per factors externs. Moltes gràcies pel comentari.

  2. Un bon article, Lluís.

    M’agrada l’intent d’aquest home de seduir aquesta noia. I també m’agrada la descripció que fas de l’univers futurista i dels aparells capaços de viatjat pel temps. Entre altres coses.

    No obstant, em fa yuyu que l’article estigui escrit en castellà. ¿Era necessari?

    Ens veurem per Internet. Salut i sort.

    1. Moltes gràcies pel comentari, la raó de que aquest capítol estigui escrit en castellà era perquè la persona amb la que en principi anava a compartir l’autoria era castellanoparlant. Un dels meus projectes és continuar amb la història en català.

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